Tras dejar Texas, la galardonada científica encontró en la UPR el hogar ideal para combatir el cáncer y guiar a nuevas generaciones
Para la doctora Suranganie Dharmawardhane Flanagan, la ciencia es una constante novela de misterio donde la paciencia y la observación minuciosa revelan secretos ocultos a simple vista. Con esa misma curiosidad con la que inició su carrera, esta destacada investigadora de la Escuela de Medicina de la Universidad de Puerto Rico (UPR) se ha convertido en una pieza clave en la lucha contra la metástasis del cáncer en la isla. Su trayectoria y su incansable labor científica acaban de ser reconocidas con el prestigioso Premio de Mérito Científico, un galardón que no solo celebra su dedicación, sino que impulsa con una subvención de $100,000 el futuro de su laboratorio y su misión de transformar la oncología moderna.
Detrás de sus credenciales académicas se esconde una mujer apasionada por la biología molecular y la bioquímica, disciplinas que comenzó a amar desde muy joven. Para ella, el trabajo diario en el laboratorio se asemeja al de un investigador policial. Explica que la ciencia es un proceso de descubrimiento donde el investigador actúa como un detective, encontrando respuestas y elementos que ya estaban allí, esperando a ser revelados ante los ojos correctos.
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Esta fascinación la llevó a cruzar fronteras y a labrar su camino en prestigiosas instituciones de los Estados Unidos. Sin embargo, su primera gran oportunidad como investigadora independiente en la Universidad de Texas en Austin estuvo llena de desafíos. Sobre el papel, era el escenario ideal; en la práctica, fue un periodo de profunda insatisfacción en una atmósfera que describe como muy competitiva y dominada por hombres, donde sentía que no encajaba.
La propuesta de trasladarse a Puerto Rico apareció entonces como la oportunidad perfecta para dar un giro drástico a su vida. Aunque mudar un programa de investigación de alto nivel a la isla caribeña parecía una apuesta arriesgada para sus colegas en el continente, el tiempo terminó dándole la razón.
«Este entorno ha sido fantástico para mi carrera. Cuando vine aquí, el químico medicinal se me acercó para probar sus drogas y poco después fundamos una compañía. He podido impulsar mi investigación de una manera que nunca habría sido apreciada o apoyada en Texas», reflexiona con gratitud.
Entre el laboratorio y el rol empresarial
En el Recinto de Ciencias Médicas, la doctora Dharmawardhane no solo encontró un espacio de pertenencia, sino también un terreno fértil para su espíritu emprendedor. Al ver el potencial de sus descubrimientos para detener la propagación de células cancerosas, el Fideicomiso de Ciencia, Tecnología e Investigación de Puerto Rico la impulsó a dar el salto al sector privado.
Así nació MBQ Pharma, la empresa de biotecnología de la cual es directora científica y que actualmente mantiene un fármaco (el compuesto MBQ-167) en plena fase de ensayos clínicos. Lograr que una idea pase del laboratorio al paciente real requiere una entrega absoluta, al punto de confesar que trabaja los siete días de la semana. No obstante, detrás de esa disciplina de acero hay un gran sentido de autoconocimiento.
La doctora destaca la importancia de saber delegar y reconocer las propias limitaciones. Consciente de que su genialidad reside en la ciencia y no en las finanzas, no dudó en aliarse con expertos en administración clínica y negocios para viabilizar el proyecto, demostrando que la humildad es tan necesaria como la inteligencia en la carrera científica.
A pesar de que hoy en día pasa gran parte de su tiempo frente a la computadora redactando propuestas y coordinando un equipo de tres investigadores posdoctorales y cuatro estudiantes graduados, la doctora no ha perdido el contacto con la base de su vocación.
Además de liderar su propio laboratorio, dirige el Programa de Desarrollo Primario de los Institutos Nacionales de Salud (NIH), una plataforma desde la cual mentora y ayuda a financiar con $100,000 anuales a jóvenes científicos en diversas instituciones a lo largo de Puerto Rico. Para ella, ver crecer a esta nueva generación de investigadores biomédicos es una de las tareas más gratificantes de su día a día.
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Al reflexionar sobre el futuro y lo que espera dejarle al mundo al concluir su carrera, su respuesta se aleja de los tecnicismos médicos y se centra en el impacto humano.
«Si puedo tener un medicamento en el mercado antes de retirarme, estaré muy contenta. Pero también creo que, siendo una mujer de una minoría, el haber sido capaz de inspirar a tantos otros jóvenes, especialmente a mujeres y minorías, es mi legado más grande, mucho más que cualquier otra cosa», concluyó.

