Mientras que en EE. UU. el promedio de donantes vivos es del 30%, en Puerto Rico apenas alcanza el 10-15%
El panorama de los trasplantes en Puerto Rico vive una dualidad contrastante. Por un lado, la excelencia médica ha colocado a la isla en el mapa internacional por sus resultados clínicos; por otro, el tejido social se desgarra, convirtiendo la falta de acompañamiento familiar y la precariedad de la vivienda en sentencias médicas de exclusión.
El pasado 15 de noviembre de 2024, el programa de trasplante de hígado de Puerto Rico alcanzó los 500 procedimientos, una cifra que representa una segunda oportunidad de vida para cientos de pacientes que, antes de 2012, fallecían en la isla por falta de opciones.
Este logro se suma a un volumen total impresionante: 2,749 trasplantes de riñón y 198 de páncreas realizados hasta finales de 2024. De hecho, el programa combinado de riñón-páncreas de la isla se mantiene consistentemente entre los primeros 10 de todo Estados Unidos por volumen de cirugías. Según el Registro Científico de Receptores de Trasplantes (SRTR), la sobrevida de pacientes e injertos en Puerto Rico es equiparable a la de los centros más avanzados en el continente estadounidense.
A diferencia de otros países, el costo económico del trasplante no es el principal obstáculo en Puerto Rico, gracias a la cobertura del Fondo Catastrófico y Medicaid. La verdadera barrera es el entorno social. El 40% de la población vive bajo niveles de pobreza, lo que se traduce en hogares inseguros donde es imposible garantizar la higiene, la nutrición o el manejo estricto de medicamentos post-trasplante.
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Sin embargo, para la doctora Nilka De Jesús, Directora Médica del Centro de Trasplante del Hospital Auxilio Mutuo, el factor más determinante es la red de apoyo.
«Sin apoyo familiar no se pueden trasplantar porque se requiere mucho cuidado y una persona sola no lo puede hacer. Y eso, en ocasiones, desafortunadamente es una contraindicación para trasplantar: no tener apoyo social”, expresó.
El desafío médico se agrava por un cambio demográfico sin precedentes. Con una población que descendió a 3.2 millones en 2024 y donde 1 de cada 4 personas tiene más de 65 años, la base de donantes jóvenes y sanos se ha reducido drásticamente.
Esta realidad se refleja en los niveles críticos de donación en vida. Mientras que en EE. UU. el promedio de donantes vivos es del 30%, en Puerto Rico apenas alcanza el 10-15%. De Jesús atribuye esto a familias cada vez más pequeñas y a la alta incidencia de diabetes e hipertensión en los familiares jóvenes, lo que los descalifica como donantes.
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La geografía también juega en contra. La viabilidad de un órgano es de apenas 24 horas, y la limitada conectividad aérea dificulta traer riñones o hígados desde Estados Unidos. Para combatir esto, la isla apuesta por:
- Máquinas de perfusión: Tecnología que permitirá extender el tiempo de vida del órgano fuera del cuerpo, facilitando importaciones desde distancias mayores.
- Recuperación tras muerte cardíaca: Un modelo que busca expandir la obtención de órganos más allá de los casos de muerte cerebral.
Para De Jesús, el éxito del sistema también depende de la rapidez con la que los médicos de cabecera se refieren a sus pacientes. El retraso en la evaluación causa que muchos candidatos lleguen en condiciones de salud ya deterioradas.
«Muchos pacientes pudieron haber llegado mucho antes a ser evaluados y al no haberlo hecho, pues ya llegan con enfermedades que los convierten o desafortunadamente no les permiten ser candidatos», concluyó la especialista.

