Por: Nydia Cappas
La Semana Santa suele ofrecernos una pausa en medio del ritmo acelerado del sistema de salud. Para muchos profesionales, más que descanso, puede ser una oportunidad de reflexión. Sin embargo, para otros, este periodo llega con agendas llenas, turnos acumulados y una lista de cosas pendientes que parece no terminar. En ese contexto, detenernos a pensar en nuestras metas puede sentirse más como un trabajo adicional que como una oportunidad real de renovación.
Así como esta temporada invita a la reflexión personal, también puede ser un momento para revisar nuestras metas desde un lugar más consciente.
La psicología sabe que proponerse metas puede ser una fuente de energía y significado, o una receta para la frustración, dependiendo de cómo se haga. La diferencia no está en la fuerza de voluntad, sino en el diseño de las metas y en su conexión con el propósito personal. Propongo entonces que usemos lo que nos dice la ciencia para trazarnos metas que nos energicen. Comencemos por repasar algunos datos importantes sobre las metas:
1- La importancia del porqué
La idea de que tener un sentido de propósito es beneficioso para la salud no es nueva. Sin embargo, la evidencia científica que tenemos hoy sobre su impacto en la longevidad es clara y directa. Estas investigaciones muestran una relación medible entre tener un fuerte sentido de propósito y un menor riesgo de morir por cualquier causa. Por tanto, conectar con nuestro propósito no solo nos ayuda emocionalmente, sino que impacta nuestra longevidad.
Un estudio con 6,985 adultos, publicado en la revista JAMA Network Open, encontró diferencias marcadas en el riesgo de mortalidad según el nivel de propósito en la vida. Las personas con los niveles más bajos de propósito presentaron un riesgo de muerte significativamente mayor (hazard ratio = 2.43) en comparación con aquellas con los niveles más altos (Alimujiang et al., 2019). Este hallazgo no es aislado. Un estudio longitudinal de 14 años a lo largo de la adultez mostró una relación dosis-respuesta similar: por cada aumento de una desviación estándar en propósito de vida, el riesgo de morir se redujo en un 15% (Hill et al., 2014). Estos beneficios se observaron a lo largo de toda la vida adulta, independientemente de si la persona estaba trabajando o retirada.
La implicación de estos estudios es profunda. La sensación de que lo que hacemos importa tiene un efecto protector poderoso sobre la salud física. Por lo tanto, nuestras metas deben conectar con nuestro sentido de propósito y nuestros valores.
2- Puede que no seas el mejor juez de tu propio bienestar
Uno de los puntos ciegos más peligrosos en profesionales de alto desempeño es la dificultad para reconocer nuestro propio malestar. La investigación muestra que quienes tienen mayor riesgo de «burnout» suelen ser quienes menos conscientes están del deterioro de su bienestar.
Un estudio publicado en 2014 por Shanafelt y colegas investigó este fenómeno específicamente en profesionales de medicina. Los investigadores encontraron que la mayoría de los médicos que obtuvieron los niveles más bajos de bienestar, reportaron que su bienestar era promedio o incluso superior al promedio. En otras palabras, los profesionales de medicina que más estaban sufriendo no parecían reconocer su malestar.
Esto puede pasar porque los espacios profesionales en el campo de la salud tienden a normalizar el agotamiento y la sobrecarga. La percepción personal se distorsiona al compararse constantemente con colegas igualmente estresados. Esto crea una especie burbuja donde el malestar se percibe como normalidad.
Si consideramos que el burnout se desarrolla de manera silenciosa cuando ignoramos o interpretamos erróneamente las señales tempranas, nos damos cuenta de la importancia de este hallazgo. Por tanto, nuestras metas deben incluir aspectos que ayuden a nuestro propio bienestar.
3- Las metas personales funcionan mejor cuando están atadas a los valores, son específicas y enfocadas en el proceso
Las metas poco específicas (“cuidarme más”, “organizarme mejor”) generan buena intención, pero poca acción. Por el contrario, las metas claras y observables aumentan significativamente la probabilidad de lograrlas (Locke & Latham, 2002).
Para lograr metas claras debemos ser concretos en qué queremos lograr, cuándo y cómo. Este principio está alineado con el enfoque de las llamadas metas «SMART», que nos recuerda que las metas funcionan mejor cuando son específicas, medibles y realistas dentro del contexto en el que vivimos y trabajamos. Pero ojo, lejos de forzarnos a seguir un acrónimo de forma rígida, podemos usarlo como una guía práctica para hacer concretas nuestras intenciones. Por ejemplo, en lugar de “leer más” podemos trazar la meta “leer un artículo a la semana los viernes antes de salir del trabajo”.
Ahora bien, no todas las metas tienen que ver con “llegar” a un lugar específico o alcanzar un resultado final concreto. Cuando una meta está atada a nuestros valores, puede considerarse lograda incluso si no se alcanza exactamente el escenario que habíamos imaginado. En estos casos, el valor funciona como ancla y el proceso como camino.
Por ejemplo, si uno de mis valores centrales es ser una buena madre, un buen padre o un buen familiar, la meta podría formularse como “pasar tiempo de calidad con mis hijos todos los días”, aunque sea por 10 o 30 minutos. Esa meta no depende de una actividad específica. Tal vez hoy no se logró ir al parque, que era el plan ideal, pero sí se cumplió la meta porque hubo una conversación significativa, una llamada atenta, o porque me detuve a leer y comentar un trabajo que hicieron. Desde esta perspectiva, la meta se cumple no por llegar a un destino, sino por sostener un proceso coherente con los valores.
Desde la psicología sabemos que un enfoque excesivo en el desenlace (ganar, lograr, alcanzar) puede generar frustración, ya que muchos resultados dependen de factores fuera de nuestro control. En cambio, cuando las metas se formulan como prácticas flexibles y consistentes en el tiempo, es posible experimentar logro, sentido y motivación incluso en días imperfectos.
Hay metas que se alcanzan en el mismo camino. Por lo tanto, nuestras metas deben ser específicas pero flexibles y alineadas con las cosas que son más importantes para nosotros.
Manteniendo los datos anteriores en mente, podemos comenzar el proceso de reflexionar sobre nuestras metas desde un lugar más consciente.
4- Volver al origen: la vocación como brújula
Aquí es donde la conversación sobre metas necesita ir un paso más allá. Muchos profesionales de la salud entramos a nuestra profesión movidos por razones profundas: aliviar el sufrimiento, servir, comprender el cuerpo humano, acompañar procesos difíciles, contribuir al bienestar colectivo. Con el tiempo, el sistema, la burocracia y la presión diaria, nos vamos alejando de ese sentido inicial.
Las metas del nuevo año pueden ser una oportunidad para reconectar con esa motivación inicial. Conectemos con ese sentido de propósito que nos trae bienestar y plenitud. Algunas preguntas útiles antes de escribir cualquier meta pueden ser:
- ¿Qué parte de la práctica me daba más sentido cuando empecé?
- ¿Qué momentos de mi práctica actual me hacen sentir que mi trabajo importa?
- ¿Qué pequeño ajuste podría acercarme más a esa experiencia en este año?
5- Metas que cuidan al profesional, no solo al sistema
Ahora que sabemos que no siempre estamos conscientes de nuestras necesidades, podemos enfocar algunas de nuestras metas a nuestro propio cuidado. Un error común, y comprensible, es trazar metas únicamente orientadas al desempeño profesional: ver más pacientes, publicar más, asumir más responsabilidades. La psicología de la salud ocupacional advierte que cuando las metas ignoran las necesidades humanas básicas (descanso, autonomía, conexión), el riesgo de agotamiento aumenta (Maslach & Leiter, 2016). Por lo tanto, algunas metas pueden incluir:
- Proteger espacios para cosas personales importantes incluyendo descanso.
- Fortalecer vínculos significativos (familia, amigos, colegas).
- Redefinir límites de disponibilidad.
- Recuperar aspectos del trabajo clínico que generan disfrute y sentido de propósito.
Ya sea que redactes una meta o cinco, mi mejor deseo es que tus metas y acciones te conecten con lo mejor de ti. Que esta Semana Santa sea una oportunidad para reconectar con aquello que le da sentido a tu práctica, y que este tiempo de reflexión te acerque a todo lo que representa para ti ilusión, calma y propósito.

